Las mujeres, armas de guerra en los conflictos

Hay momentos y lugares donde el emblema que Rita Laura Segato[1] fijaba para Ciudad Juárez[2], “cuerpo de mujer = peligro de muerte”, se vuelve un continuo. Un continuo porque es sistemático, normalizado y abalado como arma. Un continuo que no cesa porque nos equivocamos en su análisis, y por lo tanto, en sus soluciones: según la autora no debemos tratar la violencia contra las mujeres en los contextos de conflicto (armados o no) como causas y efectos, sino como universos de sentidos entrelazados y motivaciones inteligibles. Estos sentidos se constituyen y desarrollan a través del lenguaje, el acto violento es entendido como mensaje, como lengua eficazmente capaz de llegar amenazante a las avisadas. “Es por eso que, cuando un sistema de comunicación con un alfabeto violento se instala, es muy difícil desinstalarlo. La violencia constituida y cristalizada en forma de sistema de comunicación se transforma en un lenguaje estable y pasa a comportarse con el casi-automatismo de cualquier idioma”.

¿Quién habla? La lengua de los feminicidios la monopolizan los hombres, y mediante ella ordenan la condena de retirar cualquier estatus civil y humano mediante el terror, porque el poder soberano no se afirma si no es capaz de sembrar el terror.

Los crímenes contra las mujeres en contextos de conflicto son crímenes de Segundo Estado, del Estado paralelo que se construye en los escenarios de desorden social vasto. Dejando a parte todas las problemáticas de violencia en tales situaciones, los crímenes contra las mujeres allí se asemejan a los casos de violencia en regímenes totalitarios. Para Hannah Arendt, lo que diferencia el resto de formas tiránicas del totalitarismo es que este último “no crea leyes, sino que la ley se conforma como algo natural o histórico ya existente”. Esta condición le otorga una legitimación y una supuesta lucha por el bien de la ciudadanía difícilmente rechazable. Así pues, mientras que el sistema de la tiranía se concibe como ilegítimo porque sus leyes son despóticas, el totalitarismo no es ilegal, recibe la legitimación última y vela más que ninguno por los ciudadanos. La violencia hacia mujeres en los conflictos armados consta de ambos elementos: algo natural e histórico que es la superioridad y dominación del hombre sobre la mujer; y la utilización de la mujer como arma civil para conquistar territorios y ganar guerras, y por lo tanto, como factor que vela por el bien del colectivo que lo ejerce.

Decíamos que mediante el terror -éste es otro de los condicionantes necesarios del totalitarismo- se condenaba a los individuos que lo padecían a la falta de estatus humano. La propia Arendt reconocía que para ella la condición humana no es aquel que consagra la satisfacción de necesidades “sino aquel que se manifiesta por la palabra y la acción, apareciendo en el espacio plural de lo público”. Tres elementos caracterizan entonces fundamentalmente al sujeto moderno según Arendt: palabra, acción y presencia en el espacio público. Tres elementos negados inmediatamente a las mujeres asesinadas, violadas y torturadas en los conflictos: se les niega la palabra y con ello el discurso y la posibilidad de elección; se les niega la acción porque pasan a ser objetos e instrumentos de uso; y se les niega el espacio público porque se las encierra en lo doméstico y se ven incapaces de dar a conocer al mundo lo que les han hecho.

Graciela Atencio[3] nos advierte del despunte de violencia que vivimos en nuestro período histórico, tanto en las relaciones interpersonales como en los escenarios de guerra, “en los que los cuerpos de las mujeres son tratados a manera de territorio de conquista, colonización y destrucción”. Obviamente violencia ejercida por los hombres, que cabe aclarar para evitar los argumentos fáciles de “los hombres también sufren violaciones en los conflictos”, ya que sí, es cierto que las sufren, pero ejercidas mayoritariamente también por los propios hombres, por lo que es una problemática que tiene de fondo el género. Esto es bastante evidente cuando los datos nos demuestran que la violencia, en todas sus formas, es ejercida por el 95% de los casos por lo hombres. De hecho, dirá Élisabeth Badinter[4] que ciertos episodios de violencia ejercida por los hombres tienen en su base la ira hacia los “sujetos mixtos”, ya sean varones afeminados o mujeres que muestran poder y fortaleza. La mujer en los conflictos armados ejerce un papel de sujeto mixto, se deshace del lugar social que ha sido construido para ella y se convierte en el individuo de dominación civil fuera del campo de batalla (teniendo en cuenta que los hombres están en territorio de guerra). Ya que el género masculino se construye idealmente como todo lo que ha expulsado lo femenino, cuando se encuentra en esa situación de desorientación relacional, decide recuperar lo que era suyo mediante la imposición de la violencia.

Esta tesis es apoyada por Carlos Thiebaut[5]. Explica cómo diversos varones maltratadores describían situaciones en los que su propia masculinidad se veía frustrada y/o cuestionada por sus parejas femeninas, reproduciendo el argumento clásico de que la masculinidad debe defenderse, y reafirmando esa masculinidad mediante el acto violento: “de éstas y otras maneras, la práctica de una violencia contra las mujeres a la vez refleja y materializa, hace real, corporal y física, una forma de concebir la propia masculinidad”.

Si bien hemos analizado las cuestiones más psicológicas de la violencia, Pamela De Largy (2013) hace un listado de las principales explicaciones que se han dado, a nivel más político y estructural, sobre el fenómeno. Una de ellas es el patriarcado, ya que en este sistema la mujer es una propiedad del hombre, y este último demuestra su identidad mediante la hipermasculinidad hegemónica, en muchos casos violenta. También se habla de la militarización y la estrategia de guerra, que conlleva el humillamiento del enemigo, así como la deshumanización de el otro en un contexto en el que la violencia es aceptable o deseable. Por último, la violación como forma de “limpieza étnica”: las mujeres son consideradas las depositarias de valores y de tradiciones de una determinada cultura. Ella apuesta por un conjunto de razones que crean un sistema propicio, tal y como habíamos dicho anteriormente.

Después de este análisis sobre las motivaciones profundas que construyen las estructuras de violencia y que fomentan el maltrato continuado de los hombres a las mujeres en ciertos contextos de conflicto, es necesario bajar a la realidad y analizar los escenarios concretos.

Tenemos numerosos ejemplos históricos a nuestro alcance, y además recientes. Mujeres alemanas violadas por soldados soviéticos; esclavas sexuales al servicio del ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial; las decenas de miles de mujeres violadas en la masacre de Naking (1937); la partición de India y Pakistán dejó unas 70.000 mujeres víctimas de violencia sexual; así como entre unas 200.000 y 400.000 en la creación de Bangladesh en el 1971; el genocidio de Rwanda también estuvo plagado de violaciones. La guerra de Bosnia fue un escenario bélico donde la utilización sistemática de la violencia sexual se convirtió en instrumento recurrente como parte integral de la limpieza étnica. Este caso es muy importante, ya que los procesos judiciales derivados de Bosnia sentaron las bases para la judialización de la violencia sexual[6] como arma de guerra.

Y ya no solo recientes, sino que desafortunadamente podemos hablar también de conflictos actuales. El continente africano cuenta con varios ejemplos de estas crisis crónicas, también llamadas crisis complejas, en las que picos de conflicto armado se alternan con situaciones estructurales de violencia e inseguridad, alimentadas por intereses económicos y políticos.

Tenemos el claro ejemplo del Congo, donde una población mayoritariamente femenina se ve sometida, sin tregua, a la violencia sexual. La población civil se ve involucrada en un conflicto en el que todos los combatientes cometen graves violaciones de derechos humanos. Y a la vez, el mismo gobierno congolés registró 15.352 incidentes de violencia sexual y por motivos de género durante 2013.

En Líbano encontramos la misma situación. Tenemos a disposición los testimonios de algunas mujeres que declaran haber sido violadas, pero a la vez no preparadas para recurrir a organizaciones que les ayuden o a hablar de violencia sexual y de género en público.

Algo parecido nos cuenta Diala desde Egipto: “Una mujer sola en Egipto constituye una presa fácil para todos los hombres”. Y lo mismo en Nigeria con el grupo islamista Boko Haram, en Sudán del Sur, Yemen, Irak, Afganistán, Somalia, Mali, etc.

Fuera de África también encontramos numerosos casos. Colombia puso fin al conflicto con la guerrilla de las FARC-EP, pero aun así, los grupos armados y las organizaciones criminales continúan disputándose territorios. Una vez más la violencia hacia las mujeres se convierte en arma recurrente: desplazamientos, desapariciones, forzamientos sexuales… Y lo mismo sucede en México.

Cambiando el rumbo hacia Asia nos encontramos de frente con el conflicto del ejército de Myanmar y la minoría Rohingya, que ha propiciado el mayor campo de refugiados del mundo en el territorio de Bangladesh. El ejército ha sido acusado numerosas veces de ejercer una gran violencia sexual contra las mujeres de la minoría musulmana.

También Siria, donde la violencia sexual se ha convertido en una de las esencias del conflicto. Diversos informes de la ONU y de organizaciones de derechos humanos han alertado que la violencia sexual ha sido utilizada como mecanismo de tortura, humillación y degradación contra mujeres, hombres y menores de edad. Las fuerzas de seguridad sirias y milicias progubernamentales han sido acusadas de hacer uso de la violencia sexual en cárceles de todo el país. Paralelamente, se han registrado múltiples abusos de carácter sexual, incluidas violaciones en grupo, contra niñas y mujeres en puestos de control o durante redadas llevadas a cabo por las fuerzas del régimen en zonas consideradas como favorables a la oposición. Los territorios sirios que han pasado a estar bajo control de grupos radicales yihadistas han proliferado las denuncias contra grupos como ISIS, acusado de llevar a cabo matrimonios forzados de mujeres y niñas sirias con sus combatientes, de lapidar a mujeres acusadas de adulterio, y de someter a mujeres a situaciones de esclavitud sexual, entre otras prácticas.

Todos estos datos y testimonios hacen temblar. ¿Cuántas mujeres tienen que ser asesinadas y violadas para ganar una guerra? ¿Tenemos las mujeres que pagar el alto precio de la humillación y la violencia para que las batallas se luchen en nuestros cuerpos? ¿En las guerras vale todo? ¿Es legítimo usar a las mujeres como medios en los contextos de violencia extrema?

La ONU ha estandarizado la definición de violencia sexual en los conflictos. Serían todos aquellos “incidentes o pautas de violencia sexual […] de gravedad comparable que se cometa contra las mujeres, los hombres, los niños o las niñas. Estos incidentes o pautas de comportamiento se producen en situaciones de conflicto o posteriores a los conflictos o en otras situaciones motivo de preocupación (por ejemplo, durante un enfrentamiento político). Además, guardan una relación directa o indirecta con el propio conflicto o enfrentamiento político, es decir, una relación temporal, geográfica o causal.”[7]

Si bien la ONU incluye a hombres y niños en la definición, nosotras nos centraremos en las niñas y mujeres, ya que son ellas las que lo sufren en su inmensa mayoría. Las formas de abuso más frecuentes a las que son sometidas en los conflictos armados son la violación; abusos y agresiones sexuales; infección deliberada con VIH; pornografía; mutilación sexual; experimentación médica con órganos sexuales y reproductivos; esclavitud sexual; prostitución forzada y trata; matrimonio forzado; embarazo forzado; esterilización forzada; aborto forzado; desnudez pública; amenaza de secuestrar a hijos; y denegación del estatuto de refugiado a víctimas de perjuicios basados en el género. También, debido a las normas tradicionales que imperan en ciertos países, estas mujeres se ven afectadas por el estigma social y muchas han debido enfrentar además el repudio de sus parejas y sus familias, lo que las ha llevado en algunos casos a considerar o cometer suicidio.

Como ya decíamos, esa violencia tiene como trasfondo la cuestión de género. Por lo tanto, las aproximaciones a los conflictos armados desde una mirada feminista y de economía política entienden las guerras como procesos no solo militares sino también políticos y económicos, que abarcan espacios y tiempos que van más allá de la cronología y geografía de las disputas armadas, y que están profundamente incluidos -y a su vez influyen- en las relaciones de género (Rave-Roberts, 2013).

Por ello es evidente que las mujeres tienen que estar contra la guerra. Primero, porque la inmoralidad de la guerra es condenable. Podemos aceptar la existencia de la guerra justa, que según Tugendhat[8], sería un intento de conciliación de tres tesis contradictorias: que quitar la vida es éticamente reprobable, que los Estados deben defender a los ciudadanos y que la protección de vidas humanas requiere a veces robar la vida a otros seres humanos. Pero no podemos aceptar la existencia de una guerra justa para las mujeres (al menos en la actualidad), ya que la muerte de inocentes, de no-atacantes, es inevitable en cualquier guerra, y aunque sea una sola muerte inocente, esta es reprobable. De hecho, las víctimas civiles, en su mayor parte mujeres y niños, con frecuencia son más numerosas que las bajas producidas entre los combatientes. Gardam y Jarvis argumentan en base a esto que el principio jurídico de Ginebra más importante para las mujeres en lo relativo a la conducción de las hostilidades es el de la inmunidad de los no combatientes. Este principio es uno de los pilares del derecho internacional humanitario. Exige a las partes que en el conflicto se distinga en todo momento entre civiles y combatientes. Tal principio, es también conocido como el “principio de distinción”.

Segundo, porque los valores de la guerra repudian los valores del proyecto de la feminización de todas las esferas que las feministas tienen en su agenda para conseguir un mundo mejor. Necesitamos valores de conciliación, paz, cooperación y empatía, no violencia, competencia y opresión.

Y tercero, porque las mujeres son usadas en los conflictos como arma de guerra. Esto implica la objetivación de la mujer, como objeto de uso pasivo y medio para conseguir fines. Además de que sus perjuicios sociales y miseria incrementan en la guerra debido a que no tienen acceso al material financiero y formativo a disposición de los soldados.

La violencia sexual contra las mujeres como táctica de guerra es un crimen histórico bastante común. No fue hasta la década de los noventa del siglo XX que se empezó a denunciar. Anteriormente era un fenómeno completamente invisibilizado. El Estatuto de Roma de 1998 que da lugar a la creación de la Corte Penal Internacional supone un avance muy importante en el reconocimiento de la violencia sexual como un crimen internacional. Actualmente, aunque se denuncie, el establecimiento de una posible reparación para las víctimas -si bien sabemos que nada puede reparar tales atrocidades- es muy complicado, ya que los datos en esos contextos son realmente dudosos. Además, se acude también a menudo al Nullum crimen sine lege: una persona no puede ser juzgada por hechos que no constituían delito en el momento de cometerlos.

¿Qué medidas se pueden tomar en estos contextos? El Derecho Internacional Penal (y la Corte Penal Internacional) decreta esta violencia como crimen de guerra y contra la humanidad. Pero aunque la teoría está clara, lo cierto es que este tipo de violencia sigue prevaleciendo en escenarios bélicos con total impunidad.

Fatou Bensouda -fiscal de la Corte Penal Internacional- nos dejó un emotivo discurso. “Como fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), he hecho todo lo posible y lo continuaré haciendo para ayudar a restaurar la dignidad de las vidas destruidas de las personas que sobreviven a atrocidades. Cada día soy testigo de las consecuencias que los conflictos armados tienen en las vidas de las mujeres y las niñas. En la valentía y la dignidad de las sobrevivientes, de aquellas que han sufrido, he visto lo mejor de la naturaleza humana. Y en la más dura crueldad de los crímenes contra ellas, he visto lo peor. Lamentablemente, la violencia sexual y de género es habitual en muchos conflictos, a menudo perpetrada como un arma de guerra deliberada o un acto de represión. Soy muy consciente de que para las mujeres, y las niñas especialmente, el coste de los conflictos armados va más allá de la carga, ya de por sí pesada, de las secuelas físicas y psicológicas. Las mujeres y las niñas a menudo sufren por partida doble. No sólo los combatientes ven sus cuerpos como legítimos campos de batalla, sino que sus propias comunidades posteriormente las rechazan y las aíslan por su desgracia. Si bien las guerras afectan a las comunidades en su conjunto, las desigualdades existentes exacerban las consecuencias para las mujeres y las niñas. Los conflictos intensifican su vulnerabilidad ante la pobreza en la medida en la que se enfrentan a un acceso desigual a los servicios sanitarios y el bienestar, a menos oportunidades económicas y a una menor participación política. La educación de las mujeres y los derechos a la propiedad también disminuyen mientras que el analfabetismo y la mortalidad materna aumentan sustancialmente”

En 2016 -caso Bemba- la CPI condena por primera vez un caso de violación en contexto de conflicto, dictada por una Sala de la Corte Penal integrada por tres juezas. Sin embargo, este mismo año se ha dado un gran retroceso al revertir la sala de apelación de la CPI que había dictado la condena. Es un fallo muy criticado, ya que absuelve al Sr. Bemba que ahora se plantea concurrir a las elecciones de la República Democrática del Congo. Esta responsabilidad del superior, podría haber sido decisiva para prevenir y acabar definitivamente con esta lacra, pero sin embargo ha servido como un ejemplo más de la incompetitividad de los tribunales internacionales. Nos muestra también que aunque hay una cierta visión extendida de que la violencia sexual es fundamentalmente llevada a cabo por grupos rebeldes indisciplinados, de hecho son las Fuerzas Armadas estatales las principales responsables de la violencia sexual en muchos conflictos.

La complejidad también deriva de la convivencia de los conflictos con otras causas estructurales, como el cambio climático[9] o el tráfico de armas, que generan círculos crecientes de inseguridad alimentaria y migraciones forzadas. En estos contextos, el retorno de los desplazados a sus hogares es muy difícil que se produzca y, de hecho, son frecuentes los nuevos desplazamientos.

La migración se origina principalmente en zonas rurales con fuerte actividad de los actores armados y donde el Estado está ausente o tiene una presencia muy débil. El incremento de la inseguridad y el temor a los ataques son motivos frecuentes para la huida de las mujeres y las personas a su cargo. Huyen también porque sus compañeros han huido, están detenidos o han desaparecido por motivos relacionados con el conflicto. El desplazamiento de las mujeres tiene enormes consecuencias. A menudo huyen hacia la incertidumbre y el peligro e irónicamente se expone a enorme riesgos. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados informa de que las refugiadas mujeres a menudo atraviesan mayores dificultades (ya analizadas en relación con la violencia) por motivos de género en comparación con los hombres en estas situaciones.

Los conflictos dejan a las mujeres en una situación muy vulnerable ante la pobreza, la pérdida del trabajo y la destrucción de bienes, como, por ejemplo, sus casas. Los servicios básicos de salud se desmoronan, agravados por una tasa de mortalidad materna que es en promedio 2,5 veces más alta en países que sufren o han sufrido un conflicto.

Una de cada cuatro familias refugiadas tiene como cabeza de familia a una mujer que se enfrenta a una lucha en solitario por la supervivencia (según ACNUR[10]). Muchas viven bajo la amenaza de la violencia o la explotación, al tiempo que sus hijos hacen frente a traumas y peligros que van en aumento. “Las mujeres refugiadas sirias son el vínculo que mantiene unida a una sociedad rota. Tienen una fortaleza extraordinaria, pero están luchando solas. Sus voces son una llamada a la ayuda y la protección que no pueden ser ignoradas”.

Alicia Cebada (Mujeres por África) decía en un artículo que “las mujeres no son sólo víctimas, sino también protagonistas de la lucha contra la impunidad y la erradicación de estos crímenes. Por ello resulta esencial trabajar con organizaciones de mujeres sobre el terreno que realizan una labor crucial en favor de la igualdad y de la transformación de sus sociedades.” También Phumzile Mlambo-Ngcuka (Directora Ejecutiva de ONU Mujeres) estaría de acuerdo: “Las mujeres son el mejor motor del crecimiento, la mejor esperanza para la reconciliación en los conflictos y el mejor antídoto contra la radicalización de las y los jóvenes y la repetición de los ciclos de violencia”. La solución y clave es entonces la participación y empoderamiento de las mujeres.

Justamente para solucionar la violencia se han creado numerosas instituciones, tratados, conferencias y leyes. Navanethem Pillay (Presidenta del tribunal Penal Internacional para Ruanda) apoya la idea de que a partir de la creación del Tribunal Penal Internacional, la violación de los derechos humanos debería tener unas consecuencias reales. En base a esto, el Tribunal Militar Internacional dictaminó que la ley internacional impone obligaciones y responsabilidades tanto a las personas como a los Estados…La esencia misma de la Declaración es que las personas tienen obligaciones impuestas por cada Estado. Una persona que infringe la ley de la guerra no puede tener inmunidad mientras actúa en cumplimiento de la autoridad del Estado si éste, al autorizar dichas acciones, excede sus competencias según las leyes internacionales. Históricamente la ley humanitaria internacional se aplicaba en las guerras internacionales, pero a día de hoy ha pasado a los conflictos internos de los Estados. Igual que de lo público a lo privado, se espera que la instrumentalización progresiva de las leyes humanitarias internacionales tengan un impacto importante en las leyes nacionales: de lo internacional a lo nacional.

Se han desarrollado varias normas internacionales importantes sin rango de tratado cuyo objeto es concretar lo que deben hacer los Estados y otras autoridades para proteger a mujeres y niñas en tiempo de conflicto armado. A diferencia de los tratados, o de normas que claramente se sitúan en el nivel del derecho consuetudinario internacional, estas normas como tales no constituyen una obligación vinculante para los Estados. Sin embargo, sí proporcionan detalle y aclaración de las normas jurídicas existentes, así como perspectivas para su desarrollo futuro.

El reconocimiento de la violencia sexual que hace la Corte Penal Internacional es fruto también de los esfuerzos llevados a cabo por el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia (TPIY) y el Tribunal Penal Internacional para Rwanda (TPIR), que con su jurisprudencia sentaron las bases para un mejor procesamiento de estos crímenes. Con posterioridad, el Consejo de Seguridad ha aprobado tres resoluciones más específicamente centradas en violencia sexual en los conflictos, 1888 (2009), 1960 (2010) y 2016 (2013), que han ampliado los mecanismos de Naciones Unidas para prevenir la utilización de la violencia sexual, mejorar las investigaciones y luchar contra la impunidad. En este sentido, cabe destacar la creación de la figura de la Representante Especial del Secretario General de la ONU para la violencia sexual en los conflictos.

También en 1995 la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer: Declaración y Plataforma de Acción de Beijing. Más de 20 años después, sigue siendo una poderosa fuente de orientación e inspiración, ya que mujeres de todas las partes del mundo y de culturas muy diferentes se pusieron de acuerdo en dos cosas muy importantes: la importancia de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres.

En el año 2000, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la resolución 1325 sobre las mujeres, la paz y la seguridad, que supuso un hito histórico. Esta resolución reconoce que la guerra afecta de manera diferente a las mujeres, y reafirma la necesidad de aumentar el papel de las mujeres en la toma de decisiones respecto a la prevención y la resolución de conflictos. Agenda de Mujer, Paz y Seguridad de Naciones Unidas fue inaugurada con la adopción de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad. Desde entonces esta Agenda se ha ido completando a lo largo de este tiempo con la adopción de otras 6 Resoluciones: RCSNU 1820,1888,1889,1960, 2106, 2122, 2242… Se han logrado avances: en 2013, más de la mitad de todos los acuerdos de paz firmados incluían referencias a las mujeres, la paz y la seguridad. Pero el ritmo del cambio es demasiado lento. De 1992 a 2011, las mujeres representaron menos del 4% de las personas signatarias en acuerdos de paz y menos del 10% de las personas negociadoras en las mesas de paz. Las mujeres actualmente representan únicamente el 4% de los más de 80.000 profesionales de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz.

Las mujeres deben liderar los procesos de paz, ¡sí o sí! “Cuando alguien ha sufrido abusos por parte de un hombre, es muy poco probable que se lo explique a un hombre. Es simple sentido común”, afirmó la capitana Vuniwaqa. “Se necesitan mujeres observadoras del ejército en estas zonas para que de esta manera puedan establecer vínculos, especialmente si no van armadas. Cuando entran en la zona y no van armadas se las percibe como mujeres, y las víctimas suelen acercarse a ellas”. Ellas conocen más que nadie el sufrimiento que genera una guerra, y por ello saben mejor que nadie también como mantener la paz para que no se produzcan.  “Las mujeres que trabajan en el terreno tienen los conocimientos y la experiencia para identificar claramente las prioridades en los procesos de paz y reconciliación. Cualquier plan de acción aprobado que deje fuera a la sociedad civil se arriesga a fracasar por no responder a las necesidades de las comunidades locales. Es esta una condición indispensable para que cualquier acuerdo de paz pueda tener éxito. La comunidad local debe poder apropiarse para poderlas implementar, debe sentir la confianza mutua en los gobiernos y en los organismos designados a la implementación de cualquier plan, y debe sentir que sus necesidades están siendo satisfechas por el acuerdo.”[11] Esto solo puede cumplirse a través de la participación femenina (y feminista). ¡Unas mujeres poderosas implicará una paz poderosa!

Los últimos veinte años han presenciado una mejora considerable en la creación de marcos jurídicos y normativos para condenar la violencia sexual asociada a conflictos. Sin embargo, la persecución de tales delitos resulta rara vez eficaz; se requiere mucho más para garantizar a las mujeres protección, seguridad y acceso a la justicia por medio de tribunales nacionales e internacionales. Además, sus experiencias del conflicto no se limitan a la violencia sexual sino que incluyen toda clase de abusos socioeconómicos así como efectos diferenciados por cuestiones de género en caso de desapariciones forzadas, torturas, desplazamiento forzado y otros delitos. Se ha creado “Alerta temprana sensible al género: Guía general y práctica”. En ella se resumen los esfuerzos realizados en los últimos diez años por introducir la perspectiva de género en los sistemas e indicadores de alerta temprana de conflictos, y proporciona una sencilla lista de verificación con pasos para ayudar en el diseño, la implementación y la evaluación de mecanismos comunitarios de alerta temprana sensibles al género.

Aunque humildemente, algunas de estas directivas se han llevado a cabo. Contamos con algunos ejemplos diversos sobre participación de mujeres en el logro de la paz.

En Colombia, tras más de 50 años de conflicto armado y dos procesos de paz frustrados, el Gobierno y el grupo insurgente FARC-EP, se sentaron en Cuba con un objetivo común: poner fin a uno de los conflictos armados internos más largos del mundo y lograr un acuerdo de paz estable, duradero y sostenible. 16 mujeres han logrado participar como expertas en género en los históricos Diálogos de Paz. Marina Gallego, coordinadora de la organización de base Ruta Pacífica de las Mujeres exclamaba: “le dijimos a la Mesa en La Habana que no queremos ser pactadas, queremos ser pactantes de la paz”.

En la India se han estado realizando cursos piloto de capacitación con el objetivo de formar a las oficiales militares de misiones para el mantenimiento de la paz a fin de que puedan abordar la violencia sexual y de género. “En todos los ejércitos del mundo predominan los hombres: la mayor parte de los puestos de mando están ocupados por hombres (solo 3% de las misioneras de las ONU son mujeres)”, destaca la comandante Rachel Grimes, del ejército británico. “Por ello, una mujer joven que piense en dedicarse a esto puede echarse atrás porque no parece haber una infraestructura que la respalde”.

La capacitación operativa hizo hincapié, entre otras cosas, en la importancia de llevar a cabo patrullas nocturnas. La presencia de personal femenino para el mantenimiento de la paz en mercados y zonas donde las mujeres van a buscar leña ha demostrado ser eficaz a la hora de prevenir casos de violencia sexual y de género. Asimismo, se sabe que la inclusión de mujeres en misiones de paz da como resultado un mayor número de denuncias de casos de violencia sexual relacionada con los conflictos.

Muchos avances en materia formal y pocos a nivel práctico; esta sería seguramente la conclusión más acertada y real. El repaso por la jurisprudencia nos lleva a comprender los grandes esfuerzos que se están llevando a cabo a nivel internacional. La posición oficial del CICR es la de que existen normas suficientes en el derecho internacional humanitario para impedir la violencia contra las mujeres en los conflictos armados. Sin embargo, el verdadero problema radica en el incumplimiento de estas leyes. ¿Por qué tienen tan poca repercusión práctica?

Navathetem Pillay decía que “el mundo necesita desesperadamente el imperio de la ley como alternativa al uso de la fuerza”. Yo añadiría que, a parte de la ley, el mundo necesita también educación y valores, para que esas leyes se cumplan no por temor, sino porque han sido incorporadas a la naturalidad de la ética colectiva. Y así, en contextos de desorden donde la ley se deja de lado -como en las guerras- habrá ciertos límites que no se traspasarían.

La paz está indisolublemente unida a la igualdad entre las mujeres y los hombres[12] y el género es el lugar estructurador de las relaciones de desigualdad y sometimiento. Con unos valores de igualdad bien consolidados se disminuiría en grandes cantidades la violencia contra las mujeres en los conflictos armados. No podemos mirar a tales casos de violencia como unos casos aislados, sino como algo que forma parte de la misma problemática estructural: sociedades misóginas. Según Amnistía Internacional, en la actualidad se entiende que la violencia contra las mujeres en los conflictos armados encuentra su origen en la discriminación continuada y omnipresente de las mujeres y en su subordinación en la vida diaria.

Patricia Lara

 

[1] La guerra contra las mujeres, Laura Rita Segato

[2] Ciudad Juárez es una ciudad Mexicana situada en la frontera con Estados Unidos. Las muertes de mujeres allí ha sido un fenómeno continuo y masivo a lo largo de más de una década de años, perpetradas con excesos de crueldad.

[3] Feminicidio. El asesinato de mujeres por ser mujeres.

[4] Filósofa e historiadora feminista francesa

[5] Violencia de género y la hipótesis de la violencia anómica

[6] Informe Violencia sexual en conflictos de Escola de Pau

[7] UN Action Against Sexual Violence in Conflict 2012

[8] Formas de pacifismo

[9] Miguel Delibes de Castro (biólogo, investigador, escritor): “el cambio climático provocará probablemente más desplazados y conflictos por la falta de recursos como el agua”

[10] Informe Mujer Sola: la lucha de las mujeres refugiadas sirias por la supervivencia

[11] Documento que me proporcionó Katlyn: Mujeres africanas que construyen la paz

[12] Declaración y Plataforma de Acción de Bejing

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